Juan Luis se acostó recién entrado el nuevo día.
Para otra cosa, quizás no tanto, pero para dormirse (y profundamente), era rápido y seguro (como el fórmula1 de FernandoAlonso).
Entregado y sumido en la oscura e impenetrable inconsciencia de sus sueños, Juan Luis, de repente y sin avisos ni escalas de ningún tipo, se despertó sobresaltado…
Unas tremendas voces, gritos y alaridos parecían estar invadiendo el comedor de su casa, su habitación... y hasta su propia cama…
Desorientado y confuso, apenas si atinó, por puro reflejo, a mirar la hora (la 1.30), mientras un montón de malos y preocupantes pensamientos se agolpaban queriendo entrar y ocupar su enmarañada y soñolienta sesera… Un incendio, un atraco, una inundación… fuera lo que fuere, aquellos gritos (y a aquellas horas) no podían significar nada bueno… y también por instinto, Juan Luis, saltó precipitadamente de la cama, se echó por encima lo primero que pilló y, a oscuras (y helado de frío), se dirigió hacia donde parecían venir aquellas intempestivas voces.. ¡la puerta de su casa!...
Ya por el camino, y sin necesidad de entender con claridad lo que decían aquellas voces, sólo por su tono y su timbre, Juan Luis tuvo claro que no se trataba de ninguna peligrosa catástrofe… sólo era una discusión entre algunos vecinos cercanos (vecinas, en aquel caso)… También comprobó que ningún protagonista del altercado era de su propia planta, sino de alguna otra superior o inferior (cómo serían las voces que daban)… De manera que optó por quedarse en su casa, tiritando y en serena espera, por si acaso la cosa fuera a mayores y una cierto sentido de responsabilidad cívica le demandara intervenir, de alguna manera, en aquella inesperada, disparatada y esperpéntica situación nocturna y noctámbula…
Cerca de media hora permaneció Juan Luis, de pie (y con la oreja pegada a la puerta), intentando entender, desde su casa, algún mínimo contenido o causa de aquella altanera discusión vecinal… fue imposible… sólo pudo entender (a la perfección), los insultos que vociferaban e intercambiaban (igual es que no había mucho más, pensó Juan Luis)…
Y cuando aquel maremágnum de gritos se apagó, casi tan de repente como había surgido (eso sí, tras dos sonoros portazos, más tres “sinvergüenzas” de regalo y cuatro “hijosdeputa” de propina), Juan Luis decidió regresar a su cálida, acogedora cama… y recuperar, cuanto antes, su ansiado y boicoteado sueño…
Pero como era previsible, le costó más de lo que en él, era normal…
Y es que Juan Luis no pudo evitar darle alguna que otra vuelta y repaso a aquellos breves pero significativos acontecimientos…
No pudo evitar pensar en qué lleva a unas personas, que además son vecinas, a lanzarse a semejante despropósito… y más aún, a esas intempestivas horas…
No pudo evitar pensar que, al igual que él, debieron ser muchos los vecinos que oyeron aquel atropellado y estruendoso altercado… y que ninguno (incluido él mismo), tras comprobar la naturaleza de dicho altercado, salió para intervenir, cual casco azul de naciones unidas, en tareas pacificadoras…
No pudo evitar pensar que, a pesar de haberlo intentado, le fue absolutamente imposible reconocer (ni remotamente), por sus voces o sus expresiones, a ninguna de las personas que protagonizaron aquel acontecimiento (como para servir de testigo en caso de que el asunto hubiera terminado en tragedia griega)…
No pudo evitar pensar, en definitiva, en el significado y los atributos que hoy día, tiene y le damos, en la mayoría de los casos (y sobre todo en las grandes ciudades), al término “vecino”… o mejor dicho, al sujeto “vecino”…
Fue, más o menos a la altura de estas reflexiones, cuando Juan Luis debió, por fin recuperar su secuestrado sueño… para volver a quedarse dormido…
Al despertarse unas cuantas horas más tarde… mientras se aseaba y desayunaba… y al igual que esos tontorrones estribillos de musiquillas pegadizas, una breve pero descriptiva y enciclopédica frase no dejaba de revolotear por los rincones de su aún adormilada mente:
“…es un bicho con patas… es un bicho con… es un bicho … es un… es un bicho con patas…”

